"Las virtudes, como los músculos, si no se ejercitan se atrofian"

domingo, 14 de agosto de 2011

ENCAUZA SU REBELDÍA - Por Alfonso Aguiló

Un desenfadado estudiante, rellenaba en cierta ocasión, sin mucho entusiasmo, el cuestionario de un test de personalidad que les hacían en el colegio. Una de las preguntas le interrogaba sobre qué entendía que les estaba sucediendo a los jóvenes que, como él, atravesaban esa tormentosa etapa de su vida que es la adolescencia. No sé qué sucedería en su familia ni qué entendía exactamente él sobre la pubertad, pero la respuesta fue de antología: "La pubertad es una enfermedad que pasan los padres cuando sus hijos llegan a los catorce o quince años".
Cuando me lo contaron me hizo gracia y pensé si esa afirmación no tendría efectivamente una buena dosis de sentido común. Porque, con la llegada de la
adolescencia, se produce una profunda transformación: Los hijos empiezan a ser
más rebeldes, adoptan quizá un cierto aire de suficiencia, a lo mejor no cuentan
casi nada, y dan respuestas cortantes, muchas veces parcos monosílabos.
Todo esto es algo natural y lo extraño sería, en todo caso, que esta etapa no se
presentara. En nada sorprenderá a una madre prevenida o a un padre sensato, que
comprenderán que los años pasan y los hijos crecen, y que esto es lo normal. Ya
volverán las aguas a su cauce.


No entrar al choque
Unos padres ingenuos y asustadizos -como quizá debieran ser los del alumno
protagonista de aquella anécdota- probablemente se empeñen entonces en imponer
una autoridad a ultranza, o dar gritos. Normalmente, acabarán por desesperarse al
ver que a su hijo apenas le conmueven, y que incluso se afinca aún más en su
beligerancia y en su actitud contestataria.
Ante esta situación, estos padres -que apenas han hablado con él en los años
anteriores- pretenden introducirse en la vida de su hijo, precisamente cuando él
trata de cerrarse.
Tienen que comprender que a estas alturas les será más difícil franquear la barrera
de su intimidad, porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los
adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie fácilmente en ella.
Si se han descuidado en los años anteriores y, por la razón que sea, tienen poca
confianza con sus hijos, el problema tiene remedio, pero será evidentemente más
difícil. No puede decirse que no pasa nada por haber perdido las buenas
oportunidades que brinda la infancia para preparar a los hijos a hacer frente a la
adolescencia.


El tiempo pasa
Es probable que el chico dijera que la adolescencia es más bien cosa de los padres,
porque muchos padres no se hacen cargo de que su hijo ha crecido y tienen por
tanto que tratarle ya de distinta manera, y no pretender que siga obrando como en
la infancia.
No se dan cuenta, por ejemplo, de que no pueden estar encima de sus hijos todo el
día porque -si lo hacen- o los chicos se rebelan y rompen, o se infantilizan y no
aprenden a decidir. No comprenden, al menos en la práctica, que es mejor darles
responsabilidad y luego pedirles cuentas, porque, de lo contrario, lo que consiguen
es problematizar la adolescencia de los hijos.
El adolescente tiende a vivir apasionadamente todo. Por eso es fundamental saber
discernir las potencialidades positivas que eso tiene, con objeto de encauzar toda
esa fuente de energía.


Inconformismo positivo
Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque
resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban
deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.
Deben comprender que han sido muchos los que llenaron su juventud de grandes
sueños, de planes, de metas que iban a conquistar, y que en cuanto vieron que la
cuesta de la vida era empinada, que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y
la inmensa mayoría de la gente a su alrededor estaba tranquila en su mediocridad,
entonces decidieron dejarse llevar ellos también.
La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los
mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla
filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que
consumen tontamente su existencia.
Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a
ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar
por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida
arrastrada y vulgar.
Porque, además, como dice el clásico castellano: "No hay quien mal su tiempo
emplee, que el tiempo no le castigue". La vida está llena de alternativas. Vivir es
apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería
morir por adelantado.