"Las virtudes, como los músculos, si no se ejercitan se atrofian"

martes, 20 de septiembre de 2011

El miedo a exigir

Sabemos que en realidad no se siente miedo a las cosas, situaciones o personas. Lo que nos produce miedo es la idea que sobre las cosas tengamos. No me da miedo la oscuridad sino la idea que yo tenga de la oscuridad.

Por tanto, no nos da miedo a exigir. Sino la idea que tenemos sobre lo que sea exigir. Y, especialmente, si esta exigencia está referida hacia los hijos y los alumnos.

A los padres, a un gran porcentaje de padres, les da miedo exigir a sus hijos. Porque se piensa que la exigencia es sinónimo de producir frustración, depresión, o reacciones extrañas en los hijos.
Y como los tiempos están como están y ocurren cantidad de desgracias, va creciendo en los padres un miedo atroz a provocar en los hijos cualquier sentimiento de contrariedad.

Creo, sinceramente, que no exagero con estas afirmaciones. Cuántos casos, como el que describo, me encuentro en el ejercicio de mi labor profesional.

Cualquier padre ve necesaria la exigencia. Pero en la vida cotidiana con los hijos, por esos miedos, se va cediendo y cediendo hasta el punto de que los hijos se convierten en pequeños dictadores familiares.

La solución pasa por cambiar la idea que tenemos sobre esta cuestión. Al igual que si quiero quitar mi miedo a la oscuridad tendré que cambiar la idea que de ésta tengo.

Y esto se consigue analizando la realidad. ¿Cómo se está educando con esta falta de exigencia como telón de fondo? ¿Son buenos los resultados? Claramente no. Ya se ve que el no exigir para evitar los problemas está acarreando lo que se quiere evitar. Problemas de todo tipo.

Precisamente porque las cosas están como están y ocurren tantas desgracias, exige a tus hijos más que nunca.

Y para no pasarte o saber que lo estés haciendo bien hay dos reglas que no fallan nunca.

La primera consiste en tener claro qué no es negociable en tu casa. Hay no cedas. En todo lo demás, negocia.

Josemanuel Tarrio.
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