"Las virtudes, como los músculos, si no se ejercitan se atrofian"

viernes, 2 de marzo de 2012

De cómo un colegio de pobres e inmigrantes llegó a ser el mejor

De cómo un colegio de pobres e inmigrantes llegó a ser el mejor
Cuando uno mira las protestas callejeras en España de estos días, tiene la tentación de preguntarse qué tipo de monstruo hemos creado al convertir un derecho universal, y por definición optativo, en una obligación en la que la lucha por los medios ha terminado por devorar a los fines, como prueba la elevada ratio de fracaso escolar.
 

Me van a permitir terminar esta semana rara, en la que McCoy ha cumplido seis años de cita diaria con los lectores, con una historia preciosa. Habla de educación, la gran reforma pendiente. Y lo hace no centrándose en los medios de que dispone, que es donde algunos quieren malintencionadamente llevar el debate, sino en las personas que, no lo olvidemos, son principio (padres), camino (profesores) y meta (alumnado) de su actividad. Cuenta cómo actuando sobre estos tres pilares se pueden conseguir frutos extraordinarios, convertir lo aparentemente imposible en realidad. Quizá alguien debiera tomar nota. Ha ocurrido en Reino Unido, pero ¿por qué no aspirar a que suceda en España también?
Paddington Academy era de todo menos un colegio. Apenas un 20% de sus alumnos aprobaban los exámenes de reválida al final de ciclo que incluían materias como Matemáticas y Lengua Inglesa. Había peleas con arma blanca, drogas, las bandas merodeaban el centro, las clases consistían en copiar textos de un libro…”. De este modo arranca Bagehot el reportaje en en el que cuenta en The Economist su experiencia personal en el centro (The Economist, Lessons from a great school, 04-02-2012). “Seis años más tarde el 69% de los estudiantes aprueban la reválida, por encima de la media nacional, y eso que más de la mitad de ellos carecen de recursos para pagarse la comida y dos tercios no tienen el inglés como lengua vernácula (…) Acaba de ser distinguida como ‘destacada’ por la inspección educativa. El lugar impresiona. Rezuma optimismo”.
La clave se encuentra en la autogestión: la conversión desde un modelo estatal a uno individual en el que cada escuela puede adaptar sus métodos y profesorado a las necesidades del alumnado, siendo esos dos los factores críticos en el éxito de Paddington. Así, se buscaron maestros vocacionales, sin horario ni calendario, capaces de hacer visible a los chicos y chicas los conceptos más abstractos y a los que se dotó de autoridad, tanto disciplinaria –horario, uniformidad, lenguaje– como práctica, labor orientada a la realidad profesional que espera a los estudiantes. Del texto se intuye cómo la suma de las dos ha llevado a la sustitución de la imposición por la persuasión, del cumplimiento por el convencimiento. Chulo, ¿eh?
Un efecto inmediato fue que cada alumno se sintió valorado, siendo ésta una bola que se retroalimenta. Su expectativa personal crece, su nivel de autoexigencia aumenta y, con ella, la de todo el grupo. Prueba de ello es que la asignatura preferida de los alumnos son, ahora, las matemáticas. ¡Y han pedido que se les imparta astronomía! Se fomenta la competencia como parte esencial de sus vidas del mañana y se les educa en la responsabilidad, entendida en su doble vertiente tanto de tutela de otros alumnos y del material como de las consecuencias derivadas de determinados actos. Por último, Paddington usa signos externos que permitan suplir con sentido de pertenencia y orgullo escolar el gregarismo callejero al que los chavales son permanentemente tentados.
Es evidente que hay un efecto sobre las familias de un éxito excepcional como éste. El interés del colegio por su situación, en beneficio del estudiante, establece un canal de comunicación que, en el entorno en el que Paddington desarrolla su actividad, permite a los padres tomar conciencia de la apuesta individual del colegio y recuperar la educación como oportunidad. Del mismo modo, la mejora educativa de los niños debería tener un efecto inmediato sobre el conjunto de los miembros del hogar, al mudar su nivel de aspiraciones al alza y generar un compromiso social, inexistente previamente en muchos barrios marginales de la periferia, cerrándose así el círculo virtuoso.
Al final, cuando uno mira las protestas callejeras en España de estos días, tiene la tentación de preguntarse qué tipo de monstruo hemos creado al convertir un derecho universal, y por definición optativo, en una obligación en la que la lucha por los medios ha terminado por devorar a los fines, como prueba la elevada ratio de fracaso escolar; en la que prima la equiparación por abajo a la recompensa por el esfuerzo, basta con mirar los datos de Pisa; en la que la libertad mal entendida ha asesinado a la autoridad de aquel que busca el bien, llevando a la depresión y la angustia a buena parte del profesorado; en la que la búsqueda de la estulticia ideológica del futuro votante ha condenado a una generación. Podemos hablar de dinero todo lo que quieran pero, no es eso. Paddington lo prueba.

Buen fin de semana a todos,

S. McCoy